20230320

 

CONOCIENDO HISPALIS
Existen calles en nuestra ciudad que tienen un curioso nombre y que conlleva una curiosa historia, en este caso nos referimos a la llamada Puñonrostro, en la zona de la Puerta Osario.
UN CONDE EJEMPLAR
El siglo XVI existía en Sevilla una inmensa cantidad de pícaros, maleantes pedigüeños y gente de mal vivir, procedente de toda España, atraídos por la buena situación económica de la ciudad en aquellos años, por lo que las autoridades se vieron en la necesidad de acabar con tal situación ya que eran numerosas las actividades ilegales que se registraban a diario provocando las protestas de ciudadanos y forasteros que se veían asaltados continuamente por esta situación. 
Se decide escoger, para este fin, un noble de recio carácter D. Francisco Arias de Bobadilla, Conde de Puñonrostro el cual tenía un gran sentido de la responsabilidad, disciplina y justicia. Nombrado Asistente de la Ciudad jura su cargo con la siguiente frase:
“Limpiaré la imagen de esta maravillosa ciudad, respetando las Ordenanzas y guardando el servicio a Dios nuestro Señor".
Al día siguiente el nuevo Asistente decretó que todo aquel pedigüeño que ejercía en la ciudad tendrán que acudir el próximo sábado a la explanada del Hospital de la Sangre, los que no lo hicieran por voluntad propia serían llevados detenidos por los alguaciles.
Llegado el día, había más de dos mil personas en la explanada. Cojos, tullidos, tuertos y muchos que aparentemente no tenían ningún defecto físico. 
Sobre el mediodía, llegó al lugar el Conde, acompañado de varios regidores y muchos médicos ocupando el patio principal del hospital. Uno a uno fueron pasando durante varios días para evaluar su discapacidad, siendo muchos más de la mitad a los que no se les encontró defecto alguno.
Los regidores traían una gran lista de trabajos disponibles. A las mujeres se les ofreció servir en casas nobles como criadas y a los hombres como cocheros o mozos de cuadras, además de diferentes trabajos en las labores del campo. 
De no aceptar estos trabajos y encontrándole de nuevo pidiendo limosnas serán castigados con pena de cien azotes o ingresados en prisión, si eran reincidentes.
Aquellas personas con enfermedad incurable fueron enviadas a hospital de San Lázaro para su ingreso y cuidado. Los estaban enfermos eventuales quedaron ingresados en el propio hospital de la Sangre hasta que estuviesen sanos, teniendo después tres días para reclamar un puesto de trabajo. A los ancianos, cojos, mancos o cualquier otro con merma física se les concedió una tablilla grabada en la que ponía “Licencia para pedir" la cual tenían que llevar colgada en sitio visible. En dos años la mendicidad en Sevilla bajo un ochenta por ciento, muchos se pusieron a trabajar, otros tantos se marcharon a su ciudad de origen ya que su modus vivendi era el engaño y no querían saber nada que tuviera que ver con el trabajo. 
El segundo objetivo del Conde era erradicar la corrupción generalizada de aquellos que especulaban de manera indigna y miserable con el precio y la calidad de los productos básicos, siendo muchos, tantos mujeres como hombres los que fueron condenado a 200 azotes, siendo otros desterrados de Sevilla por vender con precios por encima de lo estipulado o engañar con el producto. Cervantes en su ejemplar obra titulada "La Ilustre Fregona" narra a dos mozos de mulas que charlan amigablemente sobre Sevilla a propósito del Conde:
Sábete amigo, que tiene un Bercebú en el cuerpo este conde de Puñonrostro, que nos mete los dedos de su puño en el alma. Barrida está Sevilla y diez leguas a la redonda de jácaros; ni un solo ladrón, chulapos o bravucones paran en sus contornos, todos le temen como al fuego.
Este Conde, y su manera de aplicar la ley nunca dejó a nadie indiferente, llegando a entrar con sus alguaciles en las iglesias donde se refugiaban los rufianes huyendo de la justicia, procediendo a su detención, convirtiéndose en el terror de maleantes, estafadores y pícaros que operaban en aquella Sevilla del siglo de Oro.
Pasado dos años, el Conde de Puñonrostro, cansado no solo de luchar contra los delincuentes, sino también con señores de la Audiencia y la iglesia, presentó su dimisión. Durante ese tiempo, el sueldo que recibió por su cargo lo donaba íntegramente a varios conventos, donde preparaban comida para todos aquellos mendigos que de verdad lo necesitaban. 
Con su nombre, a esta calle, se honra a un hombre que, en tiempos de tanta picaresca y delincuencia, llevó el orden y la tranquilidad a una ciudad tan hermosa e importante como lo era Sevilla.

Manuel G. Ponce.


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