20250313

 

María nunca tuvo grandes lujos ni viajes lejanos. Su mundo siempre estuvo entre estas cuatro paredes, en su humilde cocina con su vieja estufa, las cazuelas colgadas y el aroma a pan recién hecho impregnando el aire.
Su vida se construyó sobre la rutina sencilla de quien no necesita más que lo esencial: su casa, sus manos ocupadas en la masa y la compañía de dos gatos que parecían entender su silencio mejor que nadie.
Hace años, cuando su esposo aún vivía, esta cocina era el corazón del hogar. Las tardes se llenaban de risas, de platos compartidos y de conversaciones sin prisa.
Luego, uno a uno, sus hijos crecieron, hicieron sus maletas y se fueron lejos, con promesas de regresar. Pero la vida es veloz y el tiempo no espera. Las cartas se hicieron llamadas, las llamadas se hicieron mensajes cortos, y luego, un silencio al que María tuvo que acostumbrarse.
Hoy, con 85 años y los huesos cansados, aún se sienta en su vieja silla de madera, esperando sin esperar. Sus manos, que un día acunaron a sus hijos, ahora reposan sobre su regazo sin más tarea que recordar. Sus gatos, fieles compañeros, la miran con esa lealtad que pocos humanos pueden ofrecer.
María sonríe. No porque esté feliz, sino porque aprendió que la tristeza también se viste de resignación. Sus hijos la llaman de vez en cuando, le dicen que pronto vendrán. Ella asiente, finge que lo cree. No hay rencor en su mirada, solo la melancolía de quien supo darlo todo sin esperar nada a cambio.
El agua en la olla comienza a hervir. Un gesto automático la hace levantarse, remover la sopa, llenar un plato. Solo uno. Porque la vida sigue, aunque la casa se haya quedado vacía.
Y mañana, tal vez, suene el teléfono. Tal vez, una visita inesperada. Tal vez, la promesa de "pronto" se convierta en "hoy".
Tal vez…
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