20260624
El Loco de Miraflores
Hay leyendas sevillanas que nacen en los palacios, entre conventos y callejones con faroles de aceite. Y hay otras —más modernas, más barriobajeras, más de bloque de pisos y descampado— que nacen al calor de un portal, de una pandilla de chavales volviendo tarde o de una madre asomada al balcón diciendo aquello de:
—“Niño, vente ya pa casa… que está el Loco de Miraflores”.
Y aquello bastaba.
Porque en la Sevilla de los años setenta y ochenta, cuando la ciudad todavía terminaba en solares, en zanjas y en charcos de barro, el norte de Sevilla tenía algo de frontera. Pino Montano era casi campo. Parque Miraflores no era todavía parque sino terreno incierto, con tapias desconchadas, jaramagos altos y perros vagabundos. Y en medio de aquella geografía de extrarradio, creció una leyenda que todavía hoy provoca un escalofrío en quienes la escucharon de niños: la del Loco de Miraflores.
Decían que aparecía al caer la noche.
No venía andando: surgía. Como surgen los miedos verdaderos. De pronto estaba allí, bajo una farola medio fundida, junto a un Seat 124 aparcado o detrás de las tapias del viejo psiquiátrico. Un hombre alto unas veces; encorvado otras. Con ropa mugrienta, la cara deformada según algunos, llena de cicatrices según otros. Cada cual añadía un espanto distinto, como ocurre en las leyendas que se cuentan deprisa y mirando por encima del hombro.
Porque Sevilla también tiene sus monstruos domésticos.
No hacían falta castillos de Transilvania ni cementerios londinenses. Bastaban los descampados de Miraflores, el rumor del manicomio y el miedo de los niños de barrio.
Aseguraban que perseguía a muchachos que volvían tarde de la discoteca. Que golpeaba los coches dejando las manos marcadas en los cristales empañados. Que dormía entre las ruinas. Que comía animales. Y en las versiones más exageradas —las que pasaban de boca en boca en los recreos del colegio— secuestraba personas y las escondía en túneles subterráneos que nadie había visto jamás pero que todo el mundo juraba conocer.
Y así funcionaba Sevilla antes de internet: una ciudad entera fabricando mitologías en las azoteas.
Seguramente nunca existió como lo contaban. O quizá sí existió un hombre perdido, uno de esos pobres derrotados por la vida y por la cabeza, vagando por las cercanías del antiguo psiquiátrico de Miraflores. Tal vez un sintecho convertido por la imaginación popular en criatura de pesadilla. Porque las ciudades hacen eso: convierten la miseria en fantasma y el miedo en personaje.
Pero lo verdaderamente importante no era si existía o no.
Lo importante era el miedo.
Ese miedo sevillano de barriada humilde, de madre esperando despierta hasta que el hijo metía la llave en la cerradura. Ese miedo de volver andando desde el último autobús, cruzando solares oscuros donde el viento movía las bolsas de plástico como si fueran ánimas. Ese miedo antiguo que tenía algo de cuento oral y algo de mecanismo de defensa.
“Ten cuidado con el Loco”.
Como antes se decía el Coco.
Y quizá por eso la historia ha sobrevivido. Porque el Loco de Miraflores no era solamente un hombre imaginario: era la encarnación de una Sevilla periférica que crecía demasiado deprisa, entre bloques recién levantados y terrenos sin alumbrado, entre urbanismo improvisado y noches de silencio.
Hoy, donde hubo descampados, hay parques. Donde había tapias medio derruidas, hay avenidas. Y el viejo miedo parece haberse marchado con los últimos solares.
Aunque todavía hay sevillanos que, cuando pasan de noche por ciertas zonas de Miraflores y escuchan un ruido extraño entre los árboles, recuerdan aquella advertencia de la infancia y aceleran el paso sin saber muy bien por qué.
Por si acaso.
Porque en Sevilla, incluso las leyendas urbanas llevan el eco de una madre llamando desde el balcón.
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