20260623
LA FELICIDAD.
"Uno no crea cuando está feliz. La felicidad es un fin en sí mismo. Pero las equivocaciones, los errores, las pesadillas de casi todas las noches, nos son dadas para que realicemos la labor de transformarlas en poesia"
Jorge Luis Borges
Es una de esas frases de Borges que condensan una concepción muy particular de la creación artística. No porque glorifique el sufrimiento, sino porque sitúa el trabajo de la escritura allí donde algo no termina de encajar.
La felicidad, dice Borges, es un fin en sí misma: cuando somos felices, habitamos una experiencia que se basta a sí misma. No exige elaboración. En cambio, el error, la pérdida, la pesadilla o el desencuentro introducen una grieta en la continuidad de la existencia. Y es precisamente esa grieta la que reclama una forma.
La poesía aparecería entonces menos como expresión de la felicidad que como una operación de transformación. No se trata de reproducir el dolor, sino de hacer algo con él. Convertir una pesadilla en un poema es, en cierto sentido, extraer de ella una forma, un ritmo, una verdad que no estaba dada de antemano.
La idea no es ajena al psicoanálisis. Freud observó que el sueño trabaja sobre aquello que insiste; Lacan, que el síntoma mismo puede ser leído como una creación singular del sujeto. Allí donde algo fracasa, donde el sentido vacila o el goce irrumpe de manera perturbadora, puede abrirse un trabajo de invención.
Quizás por eso Borges no habla de inspiración sino de labor: "nos son dadas para que realicemos la labor de transformarlas en poesía". Hay un deber ético y estético en esa formulación. La pesadilla no es todavía una obra; el sufrimiento no es todavía una verdad. Hace falta un trabajo.
Y acaso esa sea una de las definiciones más bellas de la creación: no inventar algo de la nada, sino transformar aquello que nos hiere en una forma capaz de ser compartida. Como si la literatura comenzara allí donde el sujeto logra hacer de su noche una palabra.
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