20260904
la vejez-
El tiempo le ha doblado la espalda, ralentizado sus pasos, y le ha puesto un bastón en las manos... pero se ha olvidado de la niña que todavía lleva dentro.
Una anciana camina lentamente, mientras frente a ella su sombra cuenta una historia completamente diferente: no sigue el bastón, no conoce el cansancio, no cuenta los años.
Ella tiene trenzas y un andar despreocupado, como cuando el mundo era enorme y con poco era suficiente para ser feliz.
Te vuelves viejo por fuera mucho antes de lo que puedes volverte viejo por dentro.
Los años cuentan nuestros pasos, los recuerdos preservan aquellos que hemos hecho corriendo.
La infancia termina en el calendario, no necesariamente en el alma.
El tiempo cambia nuestro cuerpo, pero no siempre logra convencer al corazón de nuestra edad.
Tal vez esta sea una de las ironías más dulces de la vida: como niños corremos porque queremos llegar a ser grandes, y cuando finalmente nos hacemos mayores grandes, pasaríamos por cualquier cosa para poder volver, aunque sea por una tarde, a saltar, sin saber que las horas están pasando.
Ella camina lentamente, el bastón late en la piedra... pero su sombra parece susurrarle: "No te preocupes, sigo aquí".
Y tal vez dentro de cada uno de nosotros sigue caminando ese niño-a que éramos, esperando sólo un rayo de sol capaz de hacerlo aparecer de nuevo.
Mira de cerca esa sombra:
representa un recuerdo del pasado y también la parte de nosotros que nunca envejecerá.
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