20260410
Miguel Hernández
no murió solo en una prisión.
Murió sabiendo que, afuera, su esposa y su hijo apenas tenían pan y cebolla para sobrevivir.
Había luchado del lado republicano durante la Guerra Civil española. Al terminar la contienda intentó huir a Portugal, pero fue detenido. Primero fue condenado a muerte. Después le cambiaron la sentencia por treinta años de cárcel. No llegó a cumplirlos. La enfermedad, el encierro y el abandono acabaron con él en la prisión de Alicante, el 28 de marzo de 1942.
Tenía apenas 31 años.
Pero lo más desgarrador no fue solo su final.
Fue lo que ocurrió antes.
En cautiverio recibió una carta de su esposa, Josefina Manresa. En ella le contaba que solo tenía pan y cebolla para alimentarse junto a su pequeño hijo. De ese dolor nació Nanas de la cebolla, uno de los poemas más conmovedores de la lengua española.
No nació de la calma.
Nació del hambre, de la impotencia y del amor de un padre que no podía abrazar a su hijo, pero todavía podía escribirle.
Por eso Miguel Hernández sigue conmoviendo tanto.
Porque no dejó solo versos.
Dejó una prueba de que incluso en la miseria más honda, todavía puede sobrevivir la ternura.
A veces la poesía no nace para embellecer la vida, sino para resistirla.
Y pocas veces eso quedó tan claro como en la voz de un hombre que, perdiéndolo casi todo, todavía encontró palabras para amar.
Nanas de la cebolla.
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre
escarchaba de azúcar,
cebolla y hambre.
Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma, al oírte,
bata el espacio.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol,
porvenir de mis huesos
y de mi amor.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
y el niño como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
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