20260215
Cómo el Mossad capturó a la esposa de un nazi disfrazada de monja… nadie sospechaba su pasado
En 1960, cuando el nombre de Adolf Eichikman comenzaba a aparecer en titulares internacionales tras su captura en Buenos Aires, el mundo entendió algo incómodo. La guerra no había terminado del todo en 1945. había cambiado de escenario. Las ruinas humeantes de Europa se habían convertido en barrios discretos de América del Sur, donde antiguos miembros del régimen nazi vivían bajo identidades nuevas, protegidos por el anonimato y por la indiferencia.
Fue en ese contexto que surgió un nombre que no aparecía en los archivos públicos, pero sí en la memoria fragmentada de sobrevivientes de Auschwitz Birkenau. No era un general, no era una figura de alto rango, era una mujer. En Argentina la conocían como hermana Catarina. Alemana, acento marcado, postura rígida, hábito impecable.
dirigía un pequeño internado católico en una provincia del norte del país. Su expediente migratorio indicaba que había llegado en 1949 como refugiada de guerra, sin antecedentes penales, sin irregularidades aparentes. Pero en 1964, una carta llegó al consulado israelí en Montevideo. La firmaba una sobreviviente polaca que había emigrado tras la guerra.
La mujer describía a una guardiana auxiliar en Auschwitz, cicatriz en la muñeca izquierda, mirada fría, disciplina obsesiva. Decía que el sufrimiento limpiaba el alma. Escribió y sonreía mientras nos dejaba sin comida. La sobreviviente afirmaba haber escuchado recientemente una grabación litúrgica enviada desde Argentina. Reconoció la voz.
El informe fue remitido a Jerusalén y terminó en manos de la unidad de localización de criminales de guerra del Mossad. El precedente de Aichman había demostrado que era posible operar en América Latina, pero este caso era diferente. No se trataba de un arquitecto logístico del exterminio, sino de una pieza aparentemente menor del engranaje.
Sin embargo, los analistas sabían algo esencial. El sistema de campos no funcionaba solo con ideólogos, funcionaba gracias a ejecutores disciplinados. La investigación comenzó con cautela. Primero, archivos migratorios en Argentina, luego fotografías comparadas con registros europeos.
En una imagen de 1943 tomada en Auschwitz, una supervisora femenina aparece en segundo plano. La ampliación revela una pequeña cicatriz en la muñeca izquierda. En el convento argentino, la hermana Catarina llevaba siempre mangas largas, pero lo que terminó de encender las alarmas no fue solo el pasado, fue el presente.
Padres locales habían empezado a quejarse de castigos severos en el internado, aislamientos prolongados, reducción de raciones como medida disciplinaria, niños obligados a permanecer horas de rodillas. nada que en ese contexto conservador pudiera calificarse inmediatamente como delito, pero sí lo suficientemente consistente como para inquietar.
Un joven sacerdote recién asignado a la parroquia escribió en una carta privada, "La hermana habla del orden como si fuera una doctrina absoluta. Dice que la humanidad se debilitó después de la guerra. A veces parece añorar ese tiempo." Esa frase fue incluida en un informe confidencial enviado a Israel. El Mossad decidió enviar observadores.
No llegaron como agentes armados, llegaron como investigadores académicos interesados en comunidades alemanas en Sudamérica. Uno se presentó como historiador, otro como cooperante agrícola. Durante meses recopilaron detalles, rutinas, horarios, registros parroquiales, correspondencia enviada a Alemania. descubrieron que Catarina mantenía contacto epistolar con una exenmera alemana vinculada también a Auschwitz.
Las cartas no mencionaban explícitamente el pasado, pero hablaban de aquellos años de claridad. Mientras tanto, un segundo testimonio llegó desde Hamburgo. Una ex prisionera identificó su fotografía en una imagen reciente publicada por la diócesis argentina. No ha cambiado la mirada, declaró. La acumulación de indicios dejó de ser coincidencia.
El equipo de análisis en Jerusalén evaluó el caso bajo criterios históricos y jurídicos, aunque su rango en el campo no había sido alto. Múltiples testimonios la señalaban como particularmente severa en la aplicación de castigos y en la supervisión de bloques femeninos. Historiadores consultados por la unidad recordaron que las offsseerinnen guardianas auxiliares, tenían poder directo sobre la vida cotidiana de las prisioneras.
Podían decidir raciones, reportes disciplinarios y selecciones internas. El patrón descrito en Argentina replicaba el mismo esquema: disciplina rígida, hambre como método correctivo, aislamiento como herramienta de control. No había ruptura ideológica. El dilema estratégico era evidente. Tras el caso Hemman, Argentina estaba atenta a cualquier operación extranjera.
Una captura clandestina podía generar crisis diplomática. Se optó por una vía híbrida, recopilar pruebas suficientes para que autoridades locales iniciaran un proceso por falsificación migratoria y ocultamiento de antecedentes en crímenes de guerra. El Mossad proporcionaría la evidencia histórica. La fase final comenzó en 1966.
Un agente encubierto logró acceso temporal como voluntario en el internado. Su informe fue contundente. El ambiente no es religioso, es cuartelario. Los niños evitan mirarla a los ojos. La obediencia se impone mediante privación. En una conversación aparentemente casual, Catarina afirmó, "La guerra nos enseñó que la debilidad destruye civilizaciones.
" El agente registró cada palabra. El operativo fue programado para un domingo por la tarde tras la misa. La presencia de autoridades argentinas permitiría legalidad formal. Dos funcionarios locales, acompañados por observadores israelíes discretos ingresaron al patio interior del convento. La hermana salió sin prisa.
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